Dios, Padre de
bondad:
Tu presencia
misteriosa y constante
nos acompaña a lo
largo de los siglos.
Nos has dado a tu siervo Agustín como guía y modelo.
Tu belleza y tu
bondad hacen que te deseemos cada vez más.
La gracia de tu
Hijo Jesucristo
ha suscitado
numerosos servidores de la Iglesia,
y tu Espíritu ha
obrado entre nosotros maravillas de santidad.
Por todo esto, los
hijos e hijas de Agustín, te damos gracias.
Y te pedimos que
alimentes en nosotros
la esperanza de
sentirnos siempre bajo el amparo de tus alas.
Protégenos y danos
aliento.
Haz que volvamos a
ti cuando pecamos
y que permanezcamos
fieles.
Sé hoy nuestra
fuerza y nuestra luz
para que vivamos con
fe y santidad,
con esperanza y
alegría, con amor y en unidad.
Guía nuestros pasos
inquietos hacia tu paz,
la paz de la ciudad
de Dios,
en la que al fin
reposaremos y veremos tu rostro,
te veremos y te
amaremos,
te amaremos y te
alabaremos eternamente.
Amén.