
EL MOSAICO
Nuestra Iglesia la podemos ver como un magnífico mosaico.
Los mosaicos, como sabemos, están formados por una multitud de piedrecitas,
de teselas. Y cada uno de nosotros puede considerarse como una tesela de
este mosaico nuestro.
Pero las teselas de la Iglesia no son como las de un
mosaico normal, sin vida, inanimadas. En el mosaico de la Iglesia, cada uno
de nosotros es una piedrecita viva, que comprende, entiende su lugar, sabe
cuál es el de los demás y es consciente del sentido que tiene en su
conjunto. Es más, le parece evidente que cada una sólo tiene valor en su
conjunto. Pero al mismo tiempo le resulta claro que si faltara, el mosaico
estaría incompleto.
Naturalmente, no todas las teselas de nuestro mosaico son
iguales. Uno de nosotros puede ser una piedrecita verde, por ejemplo, otro,
una tesela azul; otro, de oro, o blanca, y así todas. Cada cual posee una
tarea y tiene el deber de estar en su sitio.
Por ejemplo, si uno tiene la función de guisar y llevar
la casa y no lo hace, ¿cómo puede el otro hacer su trabajo, o estudiar, o
llevar la administración, o dedicarse a irradiar el Evangelio, o utilizar
los medios de comunicación disponibles?.
Cada uno tiene su misión, y ha de mantenerse fiel a ella.
Cada uno, como tesela del mosaico de nuestra Iglesia, no ha de alejarse de
su sitio, porque sólo si cumple su tarea está en comunión concreta con
todos, dando su vida en ese determinado deber cumplido.
Cada uno ama a todos los demás sólo si actúa así, y de
este modo cada uno es amado, porque también los demás viven para él.
He ahí la reciprocidad y la unidad del inmenso y
bellísimo mosaico de la Iglesia, como un cuerpo vivo.
Ésta es la naturaleza de la Iglesia. Y ¡Ay de nosotros si
no nos comportamos de este modo!.
Imaginad un mosaico con la imagen de un joven y alguna
piedrecita que diga: “Mira, lo más bonito de este mosaico son los ojos de
este muchacho. Son realmente vivos. ¡Yo quiero ser ojo!”.
Pensad que otras dijesen cosas parecidas: ¿qué mosaico
tendríamos? ¡No tendríamos un mosaico!. Tendríamos una cosa monstruosa e
incomprensible.
Por eso, repito que hemos de tener presente que somos
teselas vivas de nuestra Iglesia, que estamos todos conectados entre
nosotros y que cada cual participa del todo. Y que si no está esa piedrecita
determinada, le falta algo a todo el resto, y todos se resienten. Por lo
cual hay que estar bien aferrados a la propia función.
Si tenemos que barrer la casa de la mañana a la noche y
es voluntad de Dios para nosotros, hemos de saber que, barriendo,
construimos la Iglesia.
Estar quietos en nuestro puesto significa cumplir bien,
en cada momento, la voluntad que Dios tiene sobre nosotros.
Considerar la Iglesia como mosaico y sacar las
consecuencias no es más que otra manera de estar bien firmes en la barca,
como dijimos hace tiempo.
Vivamos así el próximo mes, empezando desde ahora.
Saborearemos la libertad del Espíritu propia de las hijos
de Dios, y el Espíritu mismo nos dirá la importancia de todo lo que hacemos
y lo mucho que agrada al Cielo.

